Un día caminando por un sendero de árboles frondosos, me
detuve a descansar en un banco de plaza que había allí. A mi lado estaba
sentadito leyendo un diario un hombre anciano quien tenía el pelo cano y mucha
arrugas en su rostro, era delgado y de unos ochenta años.
De repente me habló preguntándome cómo era mi día, le
contesté amable y le devolví la pregunta. Estaba esperando a que el hogar de
día le abriera una vez más sus puertas, como el amor de un padre.”Me despierto
cada mañana – me dijo - con la ilusión de que ella está a mi lado o
preparándome el café. Me lavo la cara y me afeito, luego vengo aquí donde nos
sentábamos juntos cada tarde a alimentar las palomas, acá estoy, todos los días
esperando que, quizás algún día vuelva a decirme otra vez “Te quiero viejito”.
Ya que, no me queda nada, no tuve hijos, por ende no tengo tampoco nietos, solo
me siento a leer el mismo diario de hace cinco años esperando que este lugar me
dé un poco de alegría y el amor que tuve un día”.
Terminó de hablar, se puso de pie, me saludó con una
reverencia y se marchó. Se terminaba la tarde y volví a
casa; al llegar abracé fuerte a mi señora que me esperaba con el café listo.
Tatiana Oliva - Imagen CC Anna

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