miércoles, 5 de noviembre de 2014

El Encuentro

Un día caminando por un sendero de árboles frondosos, me detuve a descansar en un banco de plaza que había allí. A mi lado estaba sentadito leyendo un diario un hombre anciano quien tenía el pelo cano y mucha arrugas en su rostro, era delgado y de unos ochenta años.

De repente me habló preguntándome cómo era mi día, le contesté amable y le devolví la pregunta. Estaba esperando a que el hogar de día le abriera una vez más sus puertas, como el amor de un padre.”Me despierto cada mañana – me dijo - con la ilusión de que ella está a mi lado o preparándome el café. Me lavo la cara y me afeito, luego vengo aquí donde nos sentábamos juntos cada tarde a alimentar las palomas, acá estoy, todos los días esperando que, quizás algún día vuelva a decirme otra vez “Te quiero viejito”. Ya que, no me queda nada, no tuve hijos, por ende no tengo tampoco nietos, solo me siento a leer el mismo diario de hace cinco años esperando que este lugar me dé un poco de alegría y el amor que tuve un día”.

Terminó de hablar, se puso de pie, me saludó con una reverencia y se marchó. Se terminaba la tarde y volví a casa; al llegar abracé fuerte a mi señora que me esperaba con el café listo.


Tatiana Oliva  -  Imagen CC Anna

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